Importante personaje
Los personajes de Un mundo de novela

Detective Kinsey Millhone

Un podio para Kinsey Millhone. Nuestro personaje se destaca como una de las grandes revelaciones en la novela negra desde su aparición en el año 1982 de la mano de Sue Grafton, su creadora. Tiene 31 años al irrumpir en este selecto mundo de los detectives, vive en un imaginario pueblo californiano llamado Santa Teresa ubicado a ciento cincuenta kilómetros al norte de Los Ángeles, mide 1,70 y pesa unos 53 kg que le otorgan una esbelta figura aunque poco le importa pues le da cero relevancia a su arreglo personal ya que de costumbre no se maquilla, es su propia peluquera con herramientas caseras, viste vaqueros con alguna camisa y zapatillas de correr y como ella misma define, "con la clara voz musical que me caracteriza".

Lleva en el asiento trasero del auto un baúl con ropas de repuesto del mismo estilo, como ella misma detalla, siempre unas bragas de repuesto y un vestido multiuso que no se arruga y no se le notan las manchas para ocasiones especiales o para asistir a algún evento. Tiene por costumbre correr 5 millas diarias para mantener a raya su dieta de fritos y embutidos ricas en colesterol que constituye su principal vianda además de lo que se alimenta en los McDonald y también en lo de su extraña amiga húngara Rosie, dueña de una rotisería cercana a su casa. Toma vino blanco preferentemente Chardonnay y no fuma.

Al Iniciar su carrera posee una sucesión de desvencijados pero fieles Volkswagen "escarabajo", su compañero de correrías y presente en todas las ocasiones hasta su propio final cediéndole paso a su sucesor... un Mustang Grabber azul de 1970.

El pasado de Kinsey Millhone está presente en el inicio de cada uno de sus nuevos casos donde ella misma nos cuenta de su orfandad a partir de los 5 años debido al accidente automovilístico que mató a sus padres y le dejó como única sobreviviente al cuidado de una tía llamada Gin, la hermana de su madre. Muy estricta, complicada a la hora de mostrar afecto o cariño, supo inculcarle a Kinsey valores, sentido de la independencia y lo que sería la base de su profesión... autosuficiencia. También nos cuenta acerca de sus dos divorcios, su determinación a no dejarse lastimar sentimentalmente nunca más y de su añoranza, nostalgia diría yo, del regazo de su madre y la vida familiar que le cercenaron siendo tan pequeña. Su infancia fue terrible por su extrema sensibilidad considerando ella misma su paso por la escuela un infierno acentuándose su aislamiento e introversión. La suma de estas vicisitudes, desgracias, aciertos y experiencias al fin construyeron para nuestro deleite a la investigadora privada Kinsey Millhone.

Semejante a su colega de Chicago, V.I.Warshawski, tiene un jubilado vecino, en este caso dueño de toda la propiedad a quien Kinsey le alquilara primero un garaje y luego una reforma construida allí mismo dispuesto a pelear por ella si se presenta la ocasión, celoso como un novio, posesivo y servicial un poco por demás compartiendo una extraña relación platónica... se trata de Henry Pitts y tiene 89 añitos, bien llevados, alto, delgado y con profundos ojos azules y en actividad. Henry, panadero jubilado, recrea su tiempo horneando exquisitos bollos de panadería en su casa y creando crucigramas para algunos pasquines locales que se entregan en estaciones y comercios. Acerca de las semejanzas me he explayado un poco más en la página dedicada a Sue Grafton, la autora.
Pues bien, hasta aquí su entorno, su pasado y su presencia, pero, ¿qué podemos decir sobre su trabajo? Kinsey comparte su trabajo de investigadora privada con un desempeño en la compañía de seguros La Fidelidad de California. Al principio fue empleada de esta compañía, pero ahora le resuelve algunos casos de reclamaciones a cambio de una oficina que ellos le cedieron en sus instalaciones.
Tanto en «La Fidelidad de California como en sus casos privados Kinsey es netamente intuitiva, perspicaz y terriblemente pertinaz en la resolución de sus objetivos. Casi siempre ésta característica le significa ganarse magullones y hasta algún disparo, pero siempre va para adelante y no escarmienta. Es una mujer de principios y de valores, aunque repetidamente habla de su demonio interior incitándola a invadir propiedad ajena o llevarse algunos sobres de correspondencia ajena con la sola finalidad de esclarecer un caso y bueno... a veces sucumbe y dios mío... testaruda como pocas. Realiza su minuta para el cliente con extrema fidelidad y corrección reintegrando los importes no utilizados, aunque ella misma se considera una mentirosa consuetudinaria e incurable pero no utiliza esta cualidad para perjudicar a sus clientes sino para zafar de algunas situaciones o como herramientas para resolver sus casos. Es metódica, analista y lleva sus registros en fichas de cartulina escritas con su máquina de escribir Smith-Corona a las que actualiza permanentemente. Sus historias transcurren siempre en la década de los 80. No hay internet, celulares ni mundo digital. Mientras nosotros envejecemos Kinsey se mantiene dentro de sus treinta y pico años, alcanzando hacia las últimas obras los 38 años. En sus historias recorre este pueblo imaginario, Santa Teresa, como si se tratase de una gran ciudad describiéndonos y adentrándonos en sus secretos, lugares cálidos y acogedores y otros tenebrosos. Consigue en cada nuevo caso un revolcón con algún ocasional novio que no alcanza para cambiar el presente de independencia y soledad que le caracteriza.

EXPRESIONES DE KINSEY MILLHONE EXTRAÍDAS DE SUS PROPIAS HISTORIAS QUE CARACTERIZAN DE LLENO SU PECULIAR CARACTER Y VISIÓN DE ALGUNAS COSAS IMPORTANTES DEL MUNDO QUE NOS RODEA A TODOS

KINSEY Y EL AMOR
Lo malo del amor es el vacío que deja cuando se acaba… frase que resume todas las canciones country que se hayan compuesto en este mundo…

KINSEY Y SUS CREENCIAS RELIGIOSAS
La religión institucionalizada dejó de interesarme a los cinco años por
culpa de una profesora de catecismo a la que le salían pelos de la nariz y le
apestaba el aliento. (...) Lo que yo quería era otra lámina de cromos adhesivos.
Al Niño Jesús se le podía poner pelusa en la espalda, pegarlo en mitad del
cielo igual que un pájaro y que arrojara bombas sobre el pesebre.
(...) Un rasgo característico de los baptistas era que no malgastaban